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22.12.05

Parole, parole, parole

Su Repubblica di oggi, nell'articolo intitolato L'Italia isterica e il destino dei suoi talenti, Francesco Merlo scrive:

(...) tutti ricordano che la "prima" [del Teatro alla Scala], il 7 dicembre scorso, giorno di sant'Ambrogio, è stata celebrata in Italia a trombe aperte, ma pochi sanno che i più autorevoli giornali stranieri, vale a dire Le Monde, The Guardian, El País, hanno stroncato lo spettacolo, il direttore, la nuova dirigenza, la politica milanese, le scene, i costumi, la regia... tutto.


Ma, se Le Monde non è stato tenero con l'Idomeneo milanese (qui la recensione di Renaud Machart), le altre due testate hanno reagito un po' diversamente:

THE GUARDIAN

In Luc Bondy's sparely conceived production, the drama takes place amid restless elemental forces. Changing seascape backcloths shape and reflect the moods, with the action taking place on a shingle beach. But the ultimate elemental force in Idomeneo is Mozart, and Bondy's production allows human conflict and emotion to hold the spotlight.
Appropriately, La Scala has gathered a new generation of artists for this new Idomeneo, which marked not just the start of the Scala season but the inauguration of the post-Riccardo Muti era. For the first time in nearly 20 years, it was not Muti who presided over the Scala's showcase night but a foreigner, England's Daniel Harding. Harding's approach and sound are worlds away from his predecessor's, but his commitment was fearless and he received a tremendous ovation from the ultra-critical Milanese.
In a cast without either established megastars or serious weakness, Emma Bell's Elettra was rightly the most enthusiastically received, a reflection of Bell's developing range and command. Steve Davislim impressed as Idomeneo, and Camilla Tilling was an unusually interesting Ilia. But the admirable Monica Bacelli never let you forget that at the centre of this very special opera stands Idamante, and thus Mozart himself.
(Martin Kettle)


EL PAÍS

Harding, recibido en la Scala con respeto, ha pasado la prueba con una dirección en las antípodas de la que habría hecho Muti en esta ópera. Más ligera, de corte filológico al estilo de las interpretaciones con instrumentos originales, viva de contrastes y con poco vibrato, flexible en los tiempos, emotiva en los acompañamientos de grupo, musicalísima.
La orquesta ha respondido maravillosamente y al final ha ovacionado al joven maestro. El público, también. Ello no anula la lógica añoranza de Muti por amplios sectores, pero indica la elegancia de los asistentes, y en particular de los exigentes loggionisti de los pisos más altos, los que más sostuvieron el aplauso. Se la ha jugado y le ha salido bien, haciendo de la necesidad virtud. La inauguración de la temporada ha cerrado heridas. Ha sido una noche, por muchas razones, histórica. Y no solamente para Milán, sino para la ópera europea.
Los pocos abucheos, en un clima de división de opiniones, se centraron en Luc Bondy, debutante también en la Scala. El director artístico suizo y el escenógrafo alemán Erich Wonder se vuelcan en una estética de despojamiento, prácticamente sin elementos corpóreos, mirando la ópera fundamentalmente desde los personajes, individualmente o en grupo, es decir, eligen el teatro frente a la decoración. La fusión entre tragedia griega, música de Mozart y perdurabilidad hoy de los sentimientos de siempre, está resuelta a través de imágenes evocadoras casi pictóricas, una prodigiosa utilización de la luz y el humo como elementos expresivos, y un no menos admirable movimiento del coro. Los colores son oscuros, en general, idóneos para centrarse en el dolor.
Una escena como Placido è il mar, por ejemplo, es de las que producen escalofrío en su conjunción de factores musicales y escénicos. Las evocaciones al mito de los Atridas recuerdan, en cierta manera, al tratamiento que dio el cineasta Theo Angelopoulos a El viaje de los comediantes. La idea de los flujos migratorios, del éxodo, siempre está presente como fondo. No desprende, en cualquier caso, este Idomeneo una estética llamativa sino poética, sencilla en el sentido más profundo, yo diría que hasta necesaria en estos tiempos que corren de confusión escénica.
El reparto vocal fue voluntarioso, aunque no brillante. Destacó Emma Bell como Electra, convirtiéndose en una de las triunfadoras de la noche. Camilla Tilling fue quizás la más discutida, bastante por debajo de su estupenda Susanna, de Las bodas de Fígaro, en Aix. El resto, con sus problemillas, se mantuvo en un nivel más que correcto. Pero lo que prevaleció fue la sensación de complementariedad orquesta-coro-cantantes-escena, es decir, la visión de la ópera como espectáculo global.
(Juan Ángel Vela del Campo)


Così, tanto per chiarire.

scritto da SS @ 18:01  

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